"Miente, miente, que al final algo queda" - Göbels

En Chile se miente, se miente mucho y descaradamente, sin que hayan consecuencias. Todos lo sabemos, y lo dejamos pasar. El problema con aceptar la mentira, así sin más, es que el costo lo absorbemos todos como sociedad. 

Siempre que pienso en la mentira vuelvo a Samuel Clemens, el escritor norteamericano conocido como Mark Twain. Reflexionando sobre su obra "Huckleberry Finn", este autor dice:

"Huck es un muchacho a medio socializar. Está en el escalón más bajo que puede estar un blanco en la sociedad norteamericana del momento, por debajo están los negros. Esa marginación ha tenido un aspecto positivo: Huck ha vivido alejado de gran parte de los mecanismo sociales. Su bondad natural o, si se prefiere, su inocencia, se ve pervertida por el contacto con la sociedad. En ésta reina el mal, pero hay un pequeño detalle: la sociedad llama virtudes a sus vicios; educación a la perversón; proclama que todos los hombres son iguales, pero no cree que los negros sean personas; habla del amor fraterno, pero, para algunos, los demás debe ser primos lejanos, etc."[1]

Esta distancia entre lo que se dice y lo que se hace es molesta. Es lo que critica Twain en su concepto de "conspiración universal de la mentira de la afirmación silenciosa":

[...] La conspiración universal de la mentira de la afirmación silenciosa está presente siempre y en todas partes y trabaja siempre en interés de una estupidez o de una falsedad, jamás en interés de algo noble o respetable. Y parece tener el aspecto de la más tímida y ramplona de todas las mentiras.

Durante siglos y siglos ha trabajado en favor de despotismos, aristocracias y esclavitudes militares, esclavitudes religiosas, y a todas ha mantenido con vida; las mantiene con vida todavía, aquí, allá y acullá, por todas partes del globo; y seguirá manteniéndolas vivas hasta que la mentira de la afirmación por el silencio se retire del negocio... la afirmación silenciosa de que nada sucede de lo que los hombres justos e inteligentes sean conscientes y a lo que por deber hayan de poner fin.[1]

Para Twain hay dos clases de mentiras, la que conocemos todos, y esa que nos hace decir que algo es negro, cuando en realidad es blanco. Es lo que ahora llamamos "post verdad", que irónicamente muestra lo acertado que estaba el autor de Tom Sawyer.

El efecto de las mentiras habituales, depende de los fines que se busquen con ella: puede ser con fines de auto protección, se puede mentir por miedo, o con el fin de lograr algún beneficioso de forma ilícita.

Pero las otras mentiras, las que ahora llamamos post verdades, son más peligrosas. Aquí no se trata de decir que blanco es negro, sino de vivir como si lo fuera. Es es la que Twain llama "Afirmación Silenciosa", y nosotros hemos rebautizado como post verdad. Con las mentiras normales buscamos engañar a otros, con la afirmación silenciosa nos engañamos a nosotros mismos.

La Mentira de la Afirmación Silenciosa permite que la injusticia reine en todo momento porque todos los hombres viven ignorando la verdad o, más exactamente, queriendo ignorar la verdad. La forma más efectiva y habitual de transmitir las mentiras es la educación.

Este es el relato de cómo Samuel Clemens recuerda sus primeras mentiras:

No recuerdo mi primera mentira. Queda demasiado lejos. Pero recuerdo muy bien la segunda. Tenía yo entonces nueve días y había caído en la cuenta de que si un alfiler me pinchaba y yo hacía propaganda de ello de la forma corriente, me acariciaban cariñosamente, me mecían, se compadecían de mí y además me daban una ración extra entre las comidas. Era cuestión de humana naturaleza querer conseguir tales riquezas y yo me dejé llevar. Mentí sobre el alfiler..., haciendo propaganda de uno cuando no lo había. Tú mismo lo hubieras hecho, George Washington lo hizo; cualquiera lo hubiera hecho. [...] Hasta 1867, todos los niños civilizados nacidos en el mundo eran unos mentirosos -incluido George-. Pero llegó el imperdible y bloqueó totalmente el juego, ¿pero vale para algo tal reforma? No porque es una reforma por la fuerza y no tiene en sí virtud alguna; meramente pone fin a esa forma de mentir; no destruye la disposición a mentir. Es la aplicación a la cuna de la conversión por el fuego o del principio de temperancia mediante la prohibición.[2]

Los hombres, según Twain, mienten por su ambición, mienten para conseguir algo mejor para ellos, aún a costa de los demás. El cambio de las condiciones no significa un cambio moral, "si no te puedes pinchar, no puedes fingir que te has pinchado". La sociedad se engaña cambiando las condiciones de entorno y lo ve como un avance moral, cuando en realidad ha dificultado la posibilidad de cierto tipo de mentiras, pero esta encuentra un camino para expresarse de otro modo. Las reformas sociales dejan a todos satisfechos, se han impuesto como un gran avance, una forma de progreso, cuando en realidad son sólo una forma de autoengaño de la sociedad. Es la mentira de la afirmación silenciosa.

Friedrich Nietzche tiene una frase tan simple, pero que refleja lo que nos pasa con la mentira: "Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti."

Hoy en día es más fácil mentir, hemos automatizado la mentira. Las redes sociales nos permiten difundirlas a todo el mundo. Nadie se da el tiempo de validar, si un enlace en Facebook cuadra con nuestro auto engaño lo difundimos entre nuestros conocidos.

En "El Forastero Misterioso", una obra póstuma de Twain, escribe:

"Satán solía decir que nuestra raza vivía una vida de autoengaño continuo e ininterrumpido. Se estafaba a sí misma desde la cuna hasta la tumba con imposturas e ilusiones que tomaba por realidades, y esto convertía su vida entera en una impostura. De la veintena de buenas cualidades que imaginaba tener y de las que se envanecía, en realidad no poseía prácticamente ninguna. Se consideraba a sí misma como oro, y era solamente latón."
Notas:

[1] Mark Twain y las mentiras, Joaquín Mª Aguirre Romero, F. de Ciencias de la Información Universidad Complutense de Madrid

[2] Las Tres Erres, citado en [1].